Historia de la grisalla
Los Romanos utilizaban para sus decorados murales motivos monocromos. Según Plinio el Viejo, esta forma de arte habría precedido la invención de los colores. En la Edad Media, las vidrieras, los esmaltes, las iluminaciones y las pinturas murales eran a menudo en grisalla. Los retablos presentaban las láminas exteriores en grisalla mientras que el interior era policromo. La primera razón era de orden litúrgica: durante el periodo de cuaresma, se disimulaba el esplendor alegre de los colores bajo una presentación austera más adaptada a las circunstancias. La otra razón residía en una voluntad de imitar la escultura y mostrar la capacidad del pintor a evocar la tercera dimensión. A veces, el pintor yuxtaponía grisalla y colores y el episodio tratado en grisalla se situaba en un plano simbólico, en margen de la escena representada.
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Con el abandono progresivo del retablo en el Renacimiento, la grisalla se emplea esencialmente como esbozo preparatorio para la realización de cuadros monocromos, de decorados pintados, grabados o, más raramente, tapicerías.
Esta función de la grisalla subsiste hasta el final del siglo XIX. Anteriormente, solo algunos pintores como el Holandés Adriaen van de Venne en el siglo XVII habían pintado obras acabadas en grisalla. En el siglo XIX, los artistas, más libres de seguir su inspiración, exploran nuevas vías que pasan a veces por la eliminación del color.
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