No quedan más que unos pocos vestigios del gran barrio canonical que bordeaba el sur de la catedral Saint-Étienne. Se tratan de algunas obras de los años 1120 a 1140, que sobrevivieron a la destrucción del claustro y de la sala capitular. Entre estas obras se encuentran ocho bajorrelieves que representan el colegio de los doce apostoles y algunos capiteles. También se hallan el bajorrelieve de San Andrés y de Santo Tomás. Gracias a las inscripciones, hoy día borradas, sabemos que estas dos obras fueron creadas por uno de los mayores artistas del arte románico, el escultor Gilabertus, autor también del capitel representando la Muerte de San Juan Bautista.

Las obras atribuidas a Gilabertus, denotan de tanta madurez que producen un giro en la evolución de la escultura románica. Bañadas por una nueva conciencia de la religión y testigos de una nueva plasticidad, las figuras de los apóstoles de Gilabertus resultan uno de los primeros puntales del gran arte escultórico y marcan el descubrimento de una humanidad que hallará su apogeo con el arte gótico.

Cabe señalar muy especialmente, el bello grupo de la Anunciación de los Franciscanos, fiel muestra de la vivacidad del arte románico tolosano en su última etapa, a principios del siglo XIII. También figuran obras del suroeste, diversas y variadas, entre las cuales destaca el enigmático Pilar de Narbona.